Ver la luz que entra por la ventana. No llorar al pensar en el nuevo día. Decidir levantarte. Sentarte en la cama. Poner un pie en el suelo. Poner el otro. Dar el primer paso del día. Pensar en todos los pasos que vas a tener que dar a lo largo del día. No llorar. Ducharte. Lavarte el pelo. Que te importe lavarte el pelo. Lavarte los dientes. Mirarte en el espejo, reconocerte. Ponerte zapatos. Ponerte calcetines. Cambiarte los calcetines después de 15 días de usar los mismos. Que te importe cambiarte de calcetines. Hacer la compra. Acordarte de hacer la compra. Que te importe lo que compres. Que te importe lo que comes. Ir en metro. Ver el cielo azul. No llorar cuando tus hijas te preguntan: "Mamá, ¿qué te pasa? ¿por qué lloras? Pensar, pensar, pensar. Dejar de pensar que eres una inútil, que no vales para nada, que ojalá te mueras. Cuando tienes una depresión todas las cosas que te salían solas, que dabas por supuestas, se convierten en algo espeluznante, imposible de hacer. La primera vez que dije: "tengo una depresión" me sentí ridícula, me dio vergüenza, porque era como reconocer en alto que había fallado, que era una débil, que no sabía vivir, que no tenía fuerza de voluntad. Pero era ese pelín de fuerza de voluntad que me quedaba, el que me permitía decir: "tengo una depresión". ¿Cuántos de los que estamos en esta sala, probablemente todos, hemos dicho en el último día, en la última semana, en el último mes y seguro que en el último año: "Qué depresión, qué deprimente, qué depresivo, qué depresión tengo", cuando lo que nos pasaba era que habíamos discutido con nuestro jefe, nos había dejado nuestra pareja, nos habíamos divorciado, nuestros hijos nos habían dado un disgusto había un atasco descomunal o llovía en nuestra semana de vacaciones? Todos. Decimos tantas y tantas veces esas palabras que las hemos frivolizado, las hemos vaciado de contenido, y cuando quieres usarlas para contarle al mundo que estás destruido y que te quieres morir, te parecen pequeñas, te parecen absurdas, te parece que no sirven. Y es que no sirven, porque tú no quieres decir: "tengo una depresión" o "estoy deprimido", tú lo que quieres decir es: "soy una depresión". Durante los meses y los años que dura tu depresión todo lo que antes te hacía feliz, todo lo que antes te hacía ser tú, tu familia, tu pareja, tus amigos, tu trabajo, tus aficiones, tus hobbies, todo se vuelve indiferente, te importa una mierda. Pero es que a veces hasta se convierte en algo hostil, en algo terrible. Creemos que sabemos lo que es una depresión. Creemos que para tener una depresión hay que ser un determinado tipo de persona alguien solitario, con pocos amigos, que tenga problemas de cualquier tipo, que no se relacione con su familia, o creemos que para tener una depresión te ha tenido que pasar algo en la vida, algo que nos pasa a todos, y tú, como no has sabido resolverlo, tienes una depresión. Por eso, cuando alguien famoso, como Bruce Springsteen o como Iniesta, confiesa públicamente que tiene una depresión, ¿qué decimos? "Pero ¿cómo vas a tener tú una depresión?" Porque si tienes éxito, si tienes pareja, si tienes dinero, si no tienes preocupaciones económicas, ni de salud ni nada, tú no puedes tener una depresión. Además, tampoco sabemos cómo duele una depresión. De hecho, ni siquiera sabemos que una depresión duele. Nos creemos que tener una depresión es estar muy triste por un desengaño amoroso o estar llevando un luto terrible por la muerte de un ser querido, o tener preocupaciones económicas, preocupaciones materiales, o tener una época en la que no te apetece hacer nada y estás desganado, y todo eso, multiplicado por un millón, estar triste, estar aburrido, estar enfadado, tener el corazón roto o estar atravesando un luto terrible, todo eso, multiplicado por un millón, no se parece a lo que es tener una depresión. Sufrir una depresión es no saber quién eres, no reconocerte en el cuerpo, sin fuerzas y sin voluntad, que cada mañana llora porque no se puede enfrentar al nuevo día, porque cree que no va a llegar al final de ese día, que no va a ser capaz. Sufrir una depresión es estar ahogándote y querer ahogarte, es querer pedir ayuda y al mismo tiempo querer morirte todo el tiempo. Sufrir una depresión es ver a tu familia, a tu pareja, a tus hijos, y no poder quererlos, y que te dé igual no poder quererlos. Sufrir una depresión es tener más miedo del que has tenido en toda tu vida, más miedo del que creías que se podía tener. ¿Y qué te da miedo? Te da miedo vivir. La depresión es una sucesión de días y días iguales. Son días llenos de soledad, de angustia, de ansiedad, de miedo, de una tristeza más grande que tu vida, y de pánico. Estás en medio de tus días iguales y no sabes cómo has llegado allí. No eres capaz de pensar en qué persona eras antes. No sabes quién eras antes. Y además llega un momento en que pierdes la esperanza de que esos días iguales vayan a terminar y te quieres morir. Y los demás no lo ven. La depresión molaría muchísimo más y sería una enfermedad muchísimo mejor entendida, y a los enfermos nos daría menos vergüenza contarlo, si en vez de ser algo que te va carcomiendo por dentro, hasta que te destruye por completo sin que los demás lo vean, fuera algo espectacular, y te levantaras un día con el pelo naranja, la piel azul, y las uñas llegándote al suelo. Porque entonces la gente diría: "¡Pobrecilla, tiene una depresión!" Pero no es así, y como no la vemos y como todas las ideas que tenemos sobre la depresión vienen dadas de no sabemos muy bien qué, y son equivocadas, cuando nos enfrentamos a que alguien, un conocido, nos dice que tiene una depresión, lo hacemos todo mal. Lo primero que hacemos es juzgarlo. La misma expresión: "Ana ha entrado en depresión" "Ana ha caído en depresión" implica voluntariedad por parte del enfermo. Has caído en depresión porque te ha pasado algo en la vida, lo que sea, que nos pasa a todos, te has caído y en vez de levantarte, como hacemos todos, te has caído ahí. estás ahí porque quieres, o has entrado porque tienes determinado carácter y te ha dado por reconcentrarte ahí. Lo segundo que hacemos es desplegar un millón de consejos bienintencionados, y os aseguro que a mí me los dieron todos, que son superdolorosos para el enfermo. Le decimos: "¡Anímate, esto son unos días, esto nos ha pasado a todos!", "lo que tienes que hacer es dejar de reconcomerte, es que te regodeas en ello". Y luego vienen los de: "¿Has probado a...? "hacer más ejercicio", "madrugar", "hacer yoga", "meditación". "no comas carne", "come más carne", "no comas gluten", "come más gluten". Y tú dices: "No". Y luego lo siguiente es juzgarte. Entonces tú dices, con un mínimo de fuerza de voluntad que te queda, desde lo más hondo de tu desesperación: "Tengo una depresión". Y te dicen: "Pero cómo vas a tener tú una depresión". Con lo cual el enfermo se encuentra con que, si está ahí, es porque quiere, si no sale, es porque no quiere, y además, ni siquiera tiene el derecho de estar enfermo. No me gusta decir que aprendí algo de mi depresión, porque no quiero convertirla en algo bueno, en algo que mereciera la pena. Yo no soy mejor persona ahora de la que era antes de tener la depresión, ni veo el mundo de luz y de color, ni os veo a todos mejores. No quiero convertir mi depresión en eso que está tan de moda, que es una experiencia. Ojalá no la hubiera experimentado. Ojalá no me hubiera pasado quince meses sin poder trabajar, más de seis meses, más de ocho, yendo a conducir aullando de dolor y de ansiedad, gritando en el coche. Ojalá no hubiera pensado: "Que alguien se lleve a mis hijas, porque yo no puedo estar con ellas". No aprendí nada de mi depresión, de lo que he aprendido es de contarlo, de decirle a todo el mundo: Sí, yo tuve una depresión. Sí, yo me pasaba las tardes en el sofá pensando que si esto seguía, tendría que pensar en alguna manera de morirme. Y he aprendido, contándoselo a la gente, que no sabemos lo que es esa depresión, y que por eso actuamos mal. Porque lo primero que deberíamos saber todos como sociedad es que tener una depresión no se elige. Nadie elige desconectarse de su familia, de sus amigos, de su vida, de lo que le hacía ser él. Nadie elige sentirse tan solo que le dé miedo salir de la cama por las mañanas. No se elige tener una depresión. Además, tenemos que aprender que una depresión es una enfermedad que podemos tener todos. No hay un determinado tipo de persona susceptible de tener una enfermedad. Nos puede pasar a todos. Me pasó a mí y ahora sé que puede volver a pasarme y me da miedo. Y además tenemos que saber que cuando alguien nos dice: "Tengo una depresión" no lleva tres días, ni tres semanas, ni tres meses, lleva muchísimo tiempo, y no quiere que le digas: "Anímate". Lo que necesita es tiempo y espacio para estar enfermo. Lo que necesita es ir al médico y tomar antidepresivos, aunque nadie quiere tomar antidepresivos. Necesita ir a terapia y hacer terapia, aunque nadie quiere hacer terapia. Y necesita sobre todo el tiempo y el espacio para estar enfermo. La mayoría de las depresiones, el 70 %, se curan, pero es un tiempo larguísimo, mucho más del que los enfermos y su familia querrían, porque además, el médico no te puede decir "Te quedan cuatro meses, te quedan seis, te quedan ocho". Ojalá te lo pudiera decir, porque ponerle un horizonte temporal al sufrimiento lo hace menor, lo encajona, lo hace llevadero, pero no te lo van a decir. Y por eso necesitas convertirte en paciente y tener paciencia. Que un familiar tuyo o que un amigo tuyo tenga una depresión, da mucho miedo, porque cuando de verdad ves lo destruido que está, aterroriza. Y por eso tendemos a decirle: ¡anímate! Exigimos que tire de unas fuerzas que de verdad no tiene, porque no queremos verlo, y eso es lo que no tenemos que hacer. Ojalá todos los enfermos de depresión tuvieran a alguien como mi hermana, que la noche antes de romperme por completo, en septiembre de 2014, mientras yo lloraba abrazada al volante de mi coche, temblando de frío porque no podía más, me dijo: "Ana, no sabemos qué te pasa, pero estamos asustadísimos, porque te estamos viendo sufrir tanto que no sabemos qué hacer, pero vamos a buscar ayuda y vamos a acompañarte". Los enfermos de depresión necesitamos que nos acompañéis, aunque sea largo y dé mucho miedo. Gracias. (Aplausos)